El tiempo
Hoy he despertado y, sin abandonar totalmente el azul estado onírico, te he amado. Los tantísimos rostros de la mañana me han resultado hermosos y portadores de esperanza. Esos mismos rostros que en otros momentos me asustan y exigen de mi que revuelva en lo más profundo de mis carencias, escondidas entre tus cabellos, y, como el mago de chistera negra ofrecer, al público sin rostro, la más olvidada, noche rasgada de cantos antiguos, húmeda de ti, que, como el tiempo, contable incansable, sable de rey, dan ganas de esconderla.
Los cafés servían bullicio en forma de desayunos a quienes, en tanto mortales, luchan día a día contra el reloj, batalla perdida por Generales irresponsables, que ordenan un ataque en masa contra un tictac que huye inaprensible de la misma forma que una sombra huye de su dueño, que a cada paso avanza otro, dejando entre el uno y el otro un espacio olvidado en el que transcurre la vida en tanto la conocemos.
He abierto el diario por la última página con la absurda esperanza de que así, daré comienzo a este apacible día por su noche, en la conciencia de que, al avanzarlo, sabré cómo será su mañana, y, en consecuencia, podré hacer cosas que ya he hecho para ti, y volveré a sentirme pez, y volveré a mirar a las flores sabiendo que por la mañana de este día que comienza en la noche abrirán sus pétalos ya abiertos, todo ello en plena confusión horaria. Así, en la noche de este día he sido he sido más niño que en su mañana, amor mío.
